
No soy aguafiestas, me gusta bailar y divertirme como todos, pero lo que la cumbia le hace a mis oídos no tiene perdón de Dios. Hace varios meses he tenido que soportar que este pegajoso ritmo esté presente en casi todo lo que veo. Me despierto a ver las noticias y la cortina de algunos bloques son de cumbia. Las noticias del espectáculo hablan de que tal artista sacó tal tema, otro que tal cantante de “chichaton” estaría en romance con tal vedette, o que tal grupo tropical estará de gira por tal parte del país. Todo eso me irrita, hace que prefiera apagar la televisión o ver “Bonanza” en la mañana o la repetición de la “Noche del 11”.
Cuando tomo mi desayuno, el vecino de al lado prende su radio y se pone a escuchar a todo volumen “Ojalá que te mueras” de los Hermanos Yaipén. ¡Cómo no se muere él y así deja en paz a los demás!. Ojalá dejarán en paz mis oídos que están muy hartos de tanta contaminación sonora.

En la combi, el chofer nos truena las orejas con “Triste payaso” de Papillon (la del rico vacilón) mientras que el cobrador, con cara de estúpido tararea al mismo tiempo que nos enrostra en la cara su mano diciendo: “sencillo, sencillo”. Están tan excitados los dos con la canción que no se dan cuenta cuando se pasan la luz roja o cuando dejan a un pasajero en medio de la pista.
En el trabajo no falta alguien que le obsesiona “Agua Marina” y quiere que los demás le prestemos culto a esta banda como si fuera el mismísimo Señor de los Milagros. No se aguanta las ganas de cantar el nuevo hit del grupo, mientras los demás estamos tratamos de no distraernos de nuestros deberes con tanto escándalo.
De regreso a casa, en el viejo micro, el aire se enrarece y en calor de los cuerpos se hace insoportable por lo que lo único que queremos en ese momento es dormir algo para reponer energías. Pero NO, nadie advierte la mano del chofer cuando se desliza del volante para prender su radio el cual está adaptado con dos bocinas de 2000 Watts de salida y colocadas estratégicamente en el chasis del vehículo.
No hace falta ser adivino para imaginarse el infierno sonoro que desata el hijo de puta con su infame acción. Pero lo que me causa mas estupor es ver que los demás en vez de imprecarle al conductor que baje el volumen a su radio, le anime a subirle más los decibeles tarareando los temas, que por desgracia es otra cumbia de moda o mejor dicho de mierda. Allá lo entendidos.Entrada la noche en mi hogar, el infierno continúa. En muchas casas no hacen otra cosa que escuchar a Mallanep, Kaliente, Amerika, Grupo 5, Caribeños, entre otros. Toda esa recua de grupos que nacieron para hacernos la vida imposible y que nos hacen creer en las profecías de Nostradamus o de otro salado inbecil.
Todo esto no hace mas que explote mi lado psicópata y quiera dármela de exterminador de plagas. Es tanto así el furor que quisiera estar en una película de Jasón, Freddie Krugger o Michael Mayer, para ajusticiar a todos los promotores de espectáculos y hacerlos pedir perdón por la abominación que han creado.
Pero que no se entienda que estoy en contra de la corriente mestiza y vernacular. Muy por el contrario, me parece loable y aplaudo el esfuerzo sostenido de muchos artistas que han surgido de bien abajo. Solo maldigo a aquellos bastardos que sacan provecho de la masacre neuronal que ocasionan con la propalación indiscriminada de temas “requemados” y teniendo como cómplices a las radios locales.
Maldigo además su despreciable adicción por profanar temas consagrados de otros artistas, convirtiéndolos en “covers” híbridos, en verdaderos Frankenstein de la música. Que Dios nos ayude en este oscurantismo musical.

Que desfachatez, ver a un sujeto “devorando”, literalmente, todo lo hallaba ante él, ya sea un plato de tallarines, un caldo de gallina o un estofado, era sorprendente ver a un tipo que sin perdón de Dios engullía todo lo que podía. Una verdadera proeza para los estómagos sibaritas de algunos comensales.




